LA MAGA BERLINA Y SU PRIMERA VARITA MÁGICA

 

Desde enero de 2015, vamos a ir ofreciendo a nuestros lectores un magnífico cuento infantil, dividido en un número determinado de capítulos, repartidos en las correspondientes ediciones, y que podréis ir siguiendo completo en esta web.

Hablamos de “La Maga Berlina y su primera varita mágica”, cuento escrito por nuestra amiga Belén Sánchez Vigo, a la cual agradecemos enormemente su colaboración.

Capítulo 1.

Sofía vive al principio de la larguísima calle Páramo, concretamente en el nº 3 y Sergio al final, en el nº 333. Aunque tienen la misma edad y están muy cerca el uno del otro, nunca se han visto ni tampoco se han llegado a conocer. Pero por el número de sus calles, se deduce que ambos fueron a colegios distintos y tuvieron diferentes amigos con los que jugaban. Sin embargo al crecer, cuando cada uno acabó sus estudios y antes de comenzar a trabajar, hicieron el mismo viaje a Berlín (Alemania). Allí paseaban cada uno por un lugar diferente de la ciudad, cuando tras mucho caminar y caminar coincidieron en una cafetería a la misma hora.

Se miraron y continuaron con su café, pero al poco tiempo, Sergio se levantó y se acercó a ella para preguntarle si era española. Rápidamente Sofía asintió con una sonrisa en sus labios y le ofreció su mano en forma de saludo. Se había hecho de noche cuando aún estaban sentados hablando de sus vidas e intentando asimilar que eran prácticamente vecinos y que no se habían visto antes.

A partir de aquel momento, continuaron juntos aquellas vacaciones y vieron la ciudad mientras compartían historias y se iban conociendo. Para cuando volvieron a sus casas, ya lo hacían de la mano y pasaría el tiempo tan rápido, que se casaron y en menos de un año, cuando él encontró trabajo en un hospital como médico y ella como escritora, se quedaría embarazada de la que sería su primera y única niña, Berlina. Eligieron aquel nombre, en honor a la ciudad que les había unido. Aunque para sorpresa de todos, Berlina tenía el pelo azul turquesa, al igual que sus grandes ojos, aquello hacía intuir, que la niña nada más nacer iba a ser muy pero que muy especial.

Capítulo 2.

Berlina fue creciendo y cuando contaba con algunos meses, sus padres comenzarían a llevarse la primera de muchas sorpresas que después vendrían. La niña, tenía el pelo azul, un azul turquesa que brillaba tanto como el cielo o más, si la mirabas fijamente, podías ver de vez en cuando alguna estrella enredada en su pelo. Para cuando tuvo un año caminaba perfectamente y de forma inexplicable cogía su chupete de altas estanterías a las nunca podía haber subido ella sola. También sus padres, se la encontraron alguna que otra vez acostada en la cuna sin que ninguno de ellos la hubiese metido, incluso se le encontraron un par de veces vestida después del baño, sin que ella sola hubiera podido hacerlo.

Desde muy pequeña Berlina fue dejando claro que era diferente a todo el mundo y sus padres comenzaron a hacerse preguntas, que por el momento no tuvieron respuestas. Les daba tanto miedo llevarla al médico para contarle las cosas que Berlina, que nunca lo hicieron, pensaban que todos dirían que estaban locos. Berlina tenía una forma de actuar que no dejaba indiferente a nadie, pero sus padres sabían que había algo más en el fondo de todos aquellos extraños comportamientos.

Un día cuando Berlina contaba con tan solo dos añitos, a Sofía su mamá, se le estaba quemando la comida, no le dio tiempo a retirar lo que desde un principio se había convertido en carbón, cuando ante la atenta mirada de Berlina, la comida fue cambiando de color y recuperando un aspecto apetitoso. Sorprendida la madre la miró extrañada y la pobre niña lo único que sabía hacer cada vez que se daba un caso como aquel, era, alzar sus hombros, expresando la misma sorpresa que los demás.

Pasaba el tiempo y cada vez aquellos poderes crecían con ella, sin más remedio que aceptarlo de la forma más normal posible dentro de toda la extrañeza. Pronto tomarían la decisión de tener que guardar todo aquello como un secreto, puesto que ponía en peligro la vida cotidiana de la feliz familia.

Capítulo 3.

Llegó el día que Berlina entró en el colegio y durante los primeros años todo parecía ir normal, jugaba con el resto de los niños, tenía amigos y amigas con los que entretenerse en el patio y luego en la calle después de clase. Pero los días pasaron con todas sus horas y se convirtieron en años, hasta que Berlina que entró en primaria con seis años, entonces de una  forma paulatina, los niños que una vez fueron sus amigos, comenzaron a alejarse y cada vez Berlina estaba más sola.

Esto no ocurrió porque sí, más bien a lo largo de este tiempo, un par de acontecimientos dieron lugar a que pasaran las cosas de esta manera. Un buen día, Berlina todavía estaba en infantil de cinco años, cuando un niño se cayó en medio del patio de una forma muy aparatosa, las rodillas al levantarse, le sangraban porque había dejado media piel en el suelo, no llegó ni a tocarlo, cuando tan solo con su mirada consiguió que las heridas desaparecieran. En vez de estar agradecido aquel niño por lo ocurrido, se sintió tan asustado que se alejó de Berlina y comenzó a tratarla como si fuera una bruja.

En otra ocasión, dos niños en la clase se peleaban por utilizar el mismo color, la  discusión que se dio en ausencia de la profesora, acabó arrinconando a los dos críos contra la pared y casi dañándose por conseguir el ansiado lápiz. Berlina que desde su asiento contemplaba la pelea, se levantó con sutiliza, se acercó a ellos y una vez más, con solo mirar y mover levemente su mano, consiguió dejar el lápiz rojo flotando en el aire durante segundos. Corrieron despavoridos y asustados hasta sus asientos, desde aquel momento sintieron tanto respeto como miedo por Berlina. Así que de esta manera fue como la pobre niña, se fue quedando sola y apartada de los demás. Su primer año en primaria resultó ser desalentador y triste, la soledad fue la protagonista de todos los días que la acompañaron hasta cumplir los siete años y por fin entró en segundo.

Capítulo 4.

Cada día al llegar a casa después del colegio, los padres de Berlina le preguntaban preocupados por el día que había pasado, a lo que ella siempre respondía de la misma manera: 

- Bien, he volado una silla, he borrado la pizarra con solo mirarla y he conseguido que todos aprueben el examen de hoy, lo habitual, lo de siempre vaya.

Los padres la miraban triste e impotentes ante la situación que tenía que vivir continuamente. Ver a Berlina contando todo esas historias mágicas con tanta naturalidad, les partía el corazón, porque sabían que estaba totalmente sola, por más que ellos intentaron suplir a los amigos, jugando y paseando con ella, a Berlina siempre le faltaría la compañía de otros niños con los que hacer cosas normales.

Sus expectativas finalmente no resultaron ser muy equivocadas, Berlina pensó siempre que el nuevo curso sería mejor que los demás y al final resultó ser así. Gracias a que un buen día no muy distinto de los demás, Pablo hacía su aparición en clase, cuando ya llevaban varios meses de curso comenzados. En un principio aquello no debía resultar para Berlina más novedoso que para los demás, lo único que había de nuevo y ventajoso, era que Pablo al ser nuevo, aún no había oído ninguno de los rumores que plagaban el colegio sobre ella. Eso le daba una pequeña ventaja, siempre y cuando ninguno de sus compañeros se le adelantara.

Berlina pensó que la hora del recreo sería el mejor momento para establecer un primer contacto con Pablo, pero lo que más temía sucedió, otros se habían acercado a él con la única intención de prevenirlo sobre Berlina, cosa que desde luego pareció no importarle al chico, porque rápidamente salió en defensa de ella. Berlina sorprendida quiso darle las gracias, pero no le dio tiempo a hacerlo, cuando varios de los niños discutían con Pablo calurosamente.

La diferencia de opinión entre Pablo y el resto acabó mal, porque Pablo acabó atado a un árbol como castigo. Pero Berlina una vez más, haciendo uso de sus poderes no deseados, consiguió liberarlo delante de la mirada atónita de todos.

Capítulo 5.

En el camino de vuelta a casa, Pablo seguía a Berlina sigiloso, como siguiendo sus pasos en máximo secreto, aún no sabía que era imposible ocultarle nada a la extraña chica de los poderes mágicos. Berlina de todas formas, se hizo la indiferente y dejó que la siguiera para ver hasta donde era capaz de llegar, pero cuando vio que el camino de llegada a casa era inminente, decidió esconderse y sorprenderlo dándole un susto. Berlina se ocultó tras un árbol, después cuando Pablo la alcanzó, ella salió de repente como si fuera un pájaro. El chaval, cayó de espaldas ante el gran susto y la quiso engañar haciéndose pasar por inconsciente. Berlina, al verlo en el suelo sin conocimiento, se preocupó tanto, que comenzó a llorar, pensaba que por su culpa había sufrido un accidente. Las lágrimas de Berlina cayeron sobre Pablo, al contrario de mojarlo, lo que hicieron era convertirse en finos hilos de colores que al contacto con su ropa iban haciendo hermosos bordados. Ella al contemplar lo que estaba sucediendo delante de sus ojos, gritó asustada, a lo que respondió Pablo abriendo inmediatamente los ojos. Le sujetó la mano y le dijo:

- Tranquila, no me ha pasado nada, sólo estaba bromeando.- Ella en vez de contestar, lo miró sorprendida, señalando el dibujo que había aparecido en su camisa por culpa de sus lágrimas, eran unos pájaros atrapados entre ramas. Él rápidamente miró el bordado y casi temblando de miedo le pregunto:

- ¿Cómo has hecho esto?

- No lo sé.- Dijo Berlina llevándose las manos a los ojos para ocultar que de nuevo estaba llorando y una vez más, las lágrimas sobre sus manos se convirtieron en tinta, que esta vez dibujaron dos ojos cerrados. Este nuevo poder, aún no sabía hasta donde podía llegar. Entonces se echó a correr hasta llegar a su casa,  a Pablo le fue imposible alcanzarla, así que decepcionado y deslumbrado por lo que había presenciado ese día, se marchó a la suya, deseando que lo antes posible fuera mañana para volver a encontrarse con Berlina.

Capítulo 6.

Esa mañana camino del colegio, Pablo andaba mirando por todas las calles para intentar descubrir a Berlina saliendo de su casa y así averiguar donde vivía, estaba cada vez más seguro que quería ser su amigo, nunca había conocido a nadie tan interesante ni tan especial, Berlina tenía todo lo que un niño necesitaba para no aburrirse jamás. Pablo que era muy inteligente sabía que conseguir su amistad le iba a resultar difícil, pero no le importaba, tenía tantas ganas de verla hacer más cosas mágicas como las que había visto el día anterior, que no se podía aguantar y sobre todo deseaba que Berlina le contase cómo conseguía hacerlas sin que se descubriera el truco de su magia. Pablo pensaba que probablemente los padres de ella eran magos y le enseñaron su profesión, tan bien, tan bien, que realizaba sus trucos a la perfección. Pablo quería aprender y disfrutar de la compañía de la única niña del colegio que hacía cosas diferentes a los demás. Los juegos típicos le resultaban aburridos y desde que llegó a aquel lugar por primera vez supo que se convertiría en el “niño nuevo” al que todos mirarían diferente. Pero para su sorpresa ya había alguien a quién mirar diferente, a Berlina, su presencia en el colegio, habiendo una chica así, seguro que pasaría desapercibida, así que sus padres esta vez no se tenían que preocupar por él.

Los padres de Pablo, eran la tercera vez que se mudaban en los dos últimos años, tuvieron problemas en otras ciudades y otros colegios por el hecho de que un niño tuviera dos padres en vez de una mamá y un papá como todo el mundo. Así que como la vida les vino un poco más difícil que al resto de las familias, no les quedaba más remedio que empezar una y otra vez de nuevo en lugares diferentes, con distintas personas y nuevos trabajos cada vez que tomaban la decisión de emprender un viaje. Siempre pensaron que a la tercera va la vencida, y desde el primer momento que llegaron a aquella ciudad, pensaron que seguro que sería la definitiva.

Capítulo 7.

Pablo a sus siete años, resultó ser un niño mucho más maduro que los demás, probablemente que por todo lo que le había pasado, sobre todo porque mientras que él se encontraba feliz dentro de una familia normal, los demás pensaban que era raro y diferente. Pablo no comprendían la diferencia entre familias, mientras que el resto de los niños insistían en verlo diferente. Menos mal que a Pablo nunca le afectó todo lo que pasaba y pensaban a su alrededor, más bien todo lo contrario, estaba seguro de que los raros eran los demás por no entender algo que para él era de lo más compresible y evidente del mundo. Toda esta situación colocaba a Pablo en cierto modo en un lugar privilegiado, porque se había librado de los prejuicios que todavía tenían muchos.

Por todo esto Pablo pensó que seguro Berlina encajaría perfectamente en su vida, sus padres también eran diferentes creía, magos, una profesión inusual y distinta. Llegó al colegio y se encontró con que Berlina ya estaba sentada en su sitio, había llegado antes que él, así que ya no podía hacer nada, ni tampoco acercarse para hablar con ella o le llamarían la atención, lo mejor sería esperar al recreo.

Ya una vez en el patio, Berlina estaba sentada bajo un árbol con las piernas cruzadas y los ojos casi cerrados, Pablo se acercó y le preguntó:

-¿Qué haces ahí?

-Escuchar música, le dijo.

-¿Música?, sino se oye aquí ninguna música.

-Cierra los ojos y concéntrate, ya verás como la oyes.

-Pablo cerró los ojos y dijo: -Sigo sin oír nada.

-¿Nada?, no me  lo creo.

-Pues créeme, solo oigo…

-¿el qué?

-a los pájaros.

-Pues ves como la oyes. La música viene de los pájaros.

-Pablo volviendo a cerrar los ojos. –Vaya, tienes razón, los pájaros tienen música.

-Perdona los pájaros son música. Pero si no dejas de hablar no podré oírlos.

-Está bien me callaré, pero tienes que prometerme que cuando acabe el concierto, seremos amigos.

-Hecho, ya somos amigos, pero no vale arrepentirse después ¿eh?- Le advertía Berlina.

Capítulo 8.

Pablo sonreía con sus ojos entornados mientras balanceaba su cabeza en el aire como si de un momento a otro se fuera a echar a volar con ellos. Mientras Berlina, aprovechó el momento para abrirlos y observarlo sin que él se diera cuenta, pero de repente Pablo la sorprendió y ella suspiró asustada, como si todo aquello fuera más importante de lo que en realidad era.

- Ahora que somos amigos ¿podemos hablar?

- Claro, ¿yo creía que ya lo que estamos haciendo?

- Sí ya, pero quiero hablar de tu magia ¿Cómo lo haces?

- No lo sé.

- ¿cómo que no lo sabes? Eso es imposible.

- No de verdad, no le sé, solo pienso en algo y sin más sucede.

- Berlina, ¿Te estás quedando conmigo?

- Te estoy diciendo la verdad, ya te dije que seguramente cuando me conozcas mejor no querrás ser mi amigo.

- ¡Pero qué dices!, ahora estoy más interesado que antes en ser tu amigo.

- ¡Vaya, desde luego que no eres como los demás!

- No, ¡qué va!, que aburrido sería que todos fuéramos iguales.

Aquel día tanto Berlina como Pablo parecían que se habían entendido muy bien, así que a la salida del colegio se fueron juntos hasta casa. Hasta aquel momento nadie se metió con ella, ni le dijo nada, había sido un gran día para Berlina.

Al llegar a casa, Berlina estaba más contenta de lo habitual y sus padres se dieron cuenta, entusiasmados le preguntaron:

- ¿Qué tal el día de hoy?

- ¡Mejor que ninguno!

- ¿ha pasado algo?

- ¡Sí, tengo un amigo!

- ¡Vaya que bien, nos alegramos mucho! ¿y lo conocemos?

- No, es un chico nuevo que llegó ayer a clase, ¿sabéis?

- ¿qué?

- No es como los otros niños, es especial. Se llama Pablo y espero que se quede para siempre.

- Oh seguro que sí Berlina. Lo que debes hacer es invitarlo a casa cuando quieras, ya ardemos en deseos de conocerlo.

- ¡Claro, yo prepararé unos pasteles!- dijo la madre y el padre, ¡y yo un riquísimo zumo de frutas!

No cabían de la felicidad en ese momento, solo ver a Berlina feliz y entusiasmada les confortaba enormemente.

Capítulo 9.

A la mañana siguiente en el colegio, Berlina hizo un avión de papel, en el cual dentro estaba escrita la invitación para merendar en su casa. A diferencia de cualquier avión hecho por otro niño, el de Berlina, volaba como uno de verdad, haciendo el recorrido exacto y perfecto, era maravilloso contemplarlo mientras los demás lo seguían asustados con sus miradas cobardes, Pablo y ella sonreían ilusionados. Después de unos segundos, Berlina buscó la mirada de Pablo para encontrar la respuesta a su pregunta, e inmediatamente se encontró con un “sí” rotundo.

Berlina aún no se podía creer que tenía un amigo, estaba más feliz que cuando sus padres le compraban un juguete nuevo, en su cabeza, no podía dejar de hacer planes con Pablo y de imaginar todas las cosas que harían juntos, incluso llegó a pensar que si se quedaba para siempre, le enseñaría su lugar secreto.

Al día siguiente Pablo y Berlina jugaron en el colegio como si se conocieran desde siempre. Nadie podía impedir que la conexión entre ellos fluyera de la forma tan natural que lo hacía. Por la tarde, merendaron en casa de Berlina, churros con chocolate, terminaron perdidos de chocolate por toda la cara y toda la ropa y lo que en un principio iba a ser una simple merienda, para que sus padres lo conocieran, acabó convirtiéndose en un juego divertido.

Berlina, no podía dejar de pensar en que si aquella amistad continuaba así, no le quedaría más remedio que contarle a Pablo su gran secreto y para ello, tenía que presentarle a Doroteo. Berlina siempre había estado sola, hasta ahora, nunca tuvo amigos, ni tampoco los buscó, sabía que los poderes que poseía, causaban miedo en el resto de los niños, también en algunos adultos, que no terminaban de comprender si lo que le sucedía a Berlina, era realmente de verdad, o tal vez, utilizaba algunos trucos de magia para asustar y ganarse el respeto de todos.

Berlina acabó siendo una especie de leyenda tanto en el colegio como en su ciudad, una leyenda que los niños temían, pero de la que los adultos se burlaban. Pero cuando parecía que nada podría cambiar la vida de esta solitaria niña, apareció Pablo casi en forma de salvavidas.

Capítulo 10.

Berlina quedó con Pablo antes de ir al colegio, para ella era el gran día, le presentaría a Doroteo. Cuando Pablo vio una rana sobre las manos de la niña, no pudo evitar sorprenderse y dar un discreto saltito hacia tras. Berlina lo animó a tocarlo, después le contó que era mágico, tanto como ella o más. Pablo incrédulo, le pidió que le hiciera una demostración, sino, no la creería. Berlina muy decidida le pidió que se apartara sino quería salpicarse de magia, seguidamente pronunció las palabras mágicas y de repente la rana se desvaneció en una cortina de humo apareciendo en su lugar, una lagartija muy nerviosa que no paraba de moverse sobre la palma de la mano de Berlina.

Pablo no podía creer lo acababa de ver, eufórico le dijo a Berlina que tenía una gran idea. Se llevarían la rana mágica a clase y les darían un buen susto a los compañeros y sobre todo a la profesora que le daba mucho miedo cualquier tipo de animalito que no fuera un perro o un gato.

Al llegar a clase, ambos atendieron a la lección como cualquier otro día, pero antes de que tocase la campana para el recreo, Pablo le hizo una señal a Berlina y ésta procedió a llevar a cabo su hechizo nuevamente. La rana que estaba escondida en la mochila, salió de allí con forma de lagartija y comenzó a correr entre los pupitres y las piernas de los niños, al principio pasó desapercibida, pero pasado unos segundos la vieron por fin, provocando fuertes gritos y estampidas de todos hacia la puerta para llegar cuanto antes a los pasillos e huir de allí.

La profesora alarmada por el alboroto, no paraba de pedir a los alumnos que guardaran la calma y se quedaran en sus asientos, eso sí, ella aún no sabía lo que estaba ocurriendo de verdad. Cuando la profesora descubrió la lagartija antes de subirse a su pierna, soltó un enorme alarido y después se desmayó, cayendo al suelo sin que diera tiempo a sujetarla.

Una vez terminada la gamberrada y descubierto los culpables de la travesura, fueron castigados al cuarto de pensar. Allí estarían encerrados durante algunas horas, sin embargo, si alguien esperaba oír llantos y arrepentimiento, estaba muy equivocado, pues detrás de aquella puerta, solamente se oyeron risas y más risas.

Capítulo 11.

Llegó el cumpleaños de Pablo, Berlina que adoraba a su amigo, no dejaba de pensar en el regalo que podía hacerle y la forma de sorprenderlo. A pesar de que Pablo todos los días se quedaba con la boca abierta por las “cositas” de Berlina, ella quería dar un paso más allá y asombrarlo con un truco de magia especial. Se concentró en todos sus poderes y consiguió volar muy alto, después volvió a poner los pies en la tierra, esperó a que Pablo saliera de casa y así podría cogerlo de la mano y llevarlo hasta un lugar maravillo. Pero Pablo salió junto a sus padres, que a la vez llevaban una tarta y es que habían pensado ir hasta el parque para celebrarle allí una fiesta donde todos pudieran jugar y reír mientras cantaban el cumpleaños feliz.

Berlina los acompañó alegremente, estaba decidida a esperar que terminase la fiesta y luego dar su regalo a Pablo, un regalo que consistía, nada más y nada menos, que en llevarlo a volar. ¿Qué niño había tenido la oportunidad  de volar alguna vez? Ninguno, así que todo salía como Berlina había planeado, ese sería el día más feliz, que jamás Pablo hubiera tenido.

Todos los niños en el parque comieron tarta y se deslizaron por el tobogán, también se balancearon en el columpio e incluso bailaron al son de la música que se oía en la radio. Pero cuando todo terminó, Berlina se acercó a Pablo y al oído le pidió discretamente que la siguiera, tenía una sorpresa para él. Pablo, que no había nada que le gustase más en el mundo que dejarse sorprender por Berlina, la siguió entusiasmado y cuando estuvieron lo suficientemente alejados de todos, Berlina le apretó con fuerza la mano, se concentró y los dos amigos se pusieron a volar, como si lo hubieran hecho durante toda la vida. Llegaron hasta una grande y blandita nube, allí se sentaron y contemplaron el mundo que caía bajo sus pies, a la vez que sonreían conscientes de lo afortunados que eran.

Capítulo 12.

Y entonces llegó la navidad, con ella la nieve, los dulces, las grandes comidas, las fiestas y sobre todo, los regalos, que este año, sin que Berlina pudiera imaginarlo, iban a ser más especiales que nunca. Mientras que los niños jugaban en la calle a hacer muñecos de nieve y guerra de bolas, Berlina soñaba con la forma de controlar su magia y sus poderes, hasta ahora sentía que eran ellos los que la dominaban y ella quería tener la suficiente capacidad de poder usarlos como ella quisiera y cuando le viniera en ganas.

Era sabido por todos que si Berlina se enfadaba o su estado de ánimo no era el apropiado, sus poderes despegaban de su cuerpo y se convertían en fuegos artificiales que no sabíamos por donde iban a terminar. Eso a ella le molestaba muchísimo, no quería que le tuvieran miedo por esas reacciones inesperadas y eran numerosas la veces que llorando les pedía a sus padres que remediaran su preocupación.

Los padres de Berlina que siempre pensaban en el bienestar de su hija y deseaban su felicidad por encima de todas las cosas, sobre todo, sabiendo lo especial que era, Berlina tenía un don que la convertía en una niña diferente a todas a las que conocían, eso era difícil de llevar, pero viendo sufrir a Berlina por el descontrol de su poderes, sufrían más aún de lo que debían. Entonces, aprovechando las navidades y las fechas tan mágicas, escribieron ellos la carta a los Reyes Magos y le pidieron cualquier cosa que sirviera para ayudar a Berlina.

Así que cuando llegó el gran día y todos los niños en sus casas abrían sus regalos que los Reyes Magos habían dejado bajo el árbol, Berlina también encontró el suyo, solamente que le sorprendió lo pequeño que era. Aunque al abrirlo, pudo ver admirada que su regalo era nada más y nada menos, que una “varita mágica”, junto con una carta donde explicaba la forma de usarla para que así siempre Berlina fuera dueña de su magia.

Capítulo 13.

Berlina, cada vez estaba más preocupada por su futuro, el hecho de que ahora se divirtiera con sus poderes y su nueva varita mágica junto a su amigo Pablo, no quitaba que los días pasaran y ella crecía a la vez que el resto de los niños. Una de sus mayores preocupaciones era que llegase el día en el que a todos, su magia dejara de divertirles porque tuvieran otras preocupaciones más importantes. ¿Qué sería de ella? ¿Se quedaría sola y abandonada como ya lo estuvo hacía muy poco tiempo?

Sus padres atendiendo a su gran preocupación, la sentaron en el sillón y le dijeron que durante unos minutos callara y oyera solamente lo que ellos le tenían que contar. “Hace mucho tiempo te compré un vestido que se convirtió en tu preferido, cada día querías ponértelo, yo lo lavaba por la noche para que al día siguiente te lo pusieras otra vez. Siempre me repetías que no había vestido más bonito en el mundo y que jamás te gustaría otro tanto como te gustaba aquel. Sin embargo creciste y a pesar de que intenté que te deshicieras del vestido, no pude, día tras días te lo seguías poniendo, incluso cuando las mangas y el cuello comenzaron a apretarte bien fuerte, que incluso te hacían daño. Al ver que era imposible que el vestido quedara igual que el primer día, te rendiste y nos fuimos de compras. A diferencia de la primera vez, que solo querías comprar un vestido, te compré varios y todos preciosos. Ahora te oigo cada mañana indecisa por cual ponerte y cuando por fin eliges uno, saltas de lo contenta que estás con tu precioso vestido. Pues tus poderes, tu magia es lo mismo, ahora es una novedad para los que te rodean y se divierten y juegan contigo, pero pronto se darán cuenta que forma parte de ti y que irán creciendo y cambiando contigo, pero a pesar de eso, todos seguirán viéndote mágica y maravillosa.”

Berlina que escuchó atentamente la historia, abrazó a su madre dándole las gracias por hacerle comprender algo tan sencillo y después pensó: ¿Pero mamá y si me cambia el pelo? ¿Y si deja de ser azul? Yo ya me he acostumbrado y no lo quiero de ningún otro color.

La mamá contestó sonriente: -No te preocupes Berlina, que si eso ocurre, yo te lo volveré a pintar de azul.

Capítulo 14.

Pablo hoy tiene más ganas que nunca de jugar con Berlina. Cada día le está más agradecido por haberle regalado su amistad nada más mudarse a la ciudad de Berlina. En los lugares anteriores donde había estado viviendo, no había tenido una buena experiencia con los amigos y compañeros de clase, siempre se andaban metiendo con él y burlándose a sus espaldas, no todos ven bien que Pablo tenga dos papas.

Sin embargo Berlina, al igual que otras y otros muchos niños, siente que la vida es como su magia, puede dar más miedo o menos miedo, pero nadie tiene la culpa de que ella sea como es. Cada uno es lo que siente y eso es lo importante. Para Pablo que Berlina fuera su mejor amiga y viera la vida de la misma forma que él, era el mejor regalo que había recibido en mucho tiempo. Y por eso mismo, por lo agradecido que estaba con ella, quería sorprenderla con un obsequio, pero no podía ser cualquier cosa, Berlina es una niña muy especial y debe recordárselo de alguna forma.

Así que después de mucho pensar y pasear por todas las tiendas, llegó a la conclusión de que el mejor regalo que podía hacerle era un libro, pero no cualquier libro, un libro muy exclusivo que había visto en el escaparate de la librería del pueblo.

Una vez dentro de la tienda, le preguntó al librero que por qué el libro del escaparate era tan especial. El librero le respondió que era único porque las historias empezaban, pero no terminaba. Pablo, confuso volvió a preguntar que qué significaba lo que acaba de contarle. Y el librero muy amable le dijo que el libro trataba de una historia con principio y que cada niño que la leyera debía poner su final. Pablo entusiasmado lo compró y corrió hasta casa de Berlina, deseando poder entregárselo y jugar con ella a completar las historias.

Cuando Berlina abrió su regalo se entusiasmó tanto que en seguida comenzaron a leer y a rellenas aquellas historias inacabadas convirtiéndolas en más maravillosas de lo que ya eran. De ese modo fue como Pablo y Berlina compartieron un día inolvidable.

Capítulo 15.

Berlina soñaba desde hacía tiempo con unas buenas vacaciones, sobre todo le volvía loca la idea de ir a un parque de atracciones. Sus padres se lo prometieron para verano.

Por su puesto Pablo quería acompañarla y después de un breve encuentro entre los padres de ambos, quedó cerrado el trato de viajar al parque de atracciones a principios de verano. Cuando llegó el esperado día, tanto Pablo como Berlina no durmieron nada por los nervios del viaje.

Al llegar todo era maravilloso, mejor de lo que esperaban, las atracciones llenas de color, de música y sobre todo de movimiento. En todas partes había niños y todos corrían hacia la noria, hacia los toboganes, el tren, pero sobre todo corrían para llegar a la montaña rusa donde había una cola tan larga, que tardaría una hora en llegar.

Una vez montados y asegurados con una correa, el coche se puso a correr, cada vez más a velocidad, se oían risas y voces unánimes de todos los niños. Berlina y Pablo levantaban los brazos en las curvas para darle más emoción a la aventura, pero cuando menos lo esperaban y en mitad de la diversión, se oyó un clip extraño que dejó inquietos, primero a los padres que observaban a los pequeños desde abajo y después a los niños que comenzaron a temblar dentro de los coches. Era obvio que algo se había roto y la cadena de coches iba a la deriva.

Pablo aterrorizado miraba a Berlina, esperando que hiciera algo, que su magia surgiera de alguna parte y frenara aquella catástrofe. Pero Berlina estaba paraliza por el miedo, no era capaz de reaccionar y entonces, a lo lejos se oyeron los gritos de su madre: “Berlina utiliza la magia”. Todos los padres que oían a la mamá de Berlina no entendían porqué decía eso, hasta que los coches salieron suspendidos por el aire y se pararon, flotaban como si un gigante invisible los sostuviera con sus enormes manos.

Entonces se pudo ver la cara de Berlina concentrada y conduciendo los coches hasta el carril de entrada, ante la mirada de asombro de todo el mundo. Acto seguido todos aplaudían y besaban a Berlina. Y así fue como un día de diversión acabó por convertirse en mágico e inolvidable.

Capítulo 16.

Hoy ha sido un día especial en el colegio, han instalado en la sala de actos una bolsa gigante, dentro solo había oscuridad. El profesor le ha dicho a Berlina que es un planetario. Todas las clases pasarán por ahí y conocerán los nombres de los planetas, también verán estrellas y la vía láctea.

Berlina al llegar a casa, entusiasmada se lo ha contado a sus papás y antes de irse a dormir quiere que ellos les cuente algo sobre los planetas y el espacio. Su mamá se ha sentado junto a ella con un libro gigante en las manos. En su portada estaba dibujada la tierra. La mamá lo ha abierto y Berlina ha contemplado admirada la cantidad de estrellas y planetas que hay en nuestro cielo.

Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Son los nombres de los planetas que una y otra vez repite alegremente Berlina. Junto a la Tierra ha visto una estrella que parece perseguirla, entonces su mamá le ha explicado que es la Luna. Berlina siente que el universo es mágico y se pregunta si su magia proviene del firmamento que ha conocido en este libro tan interesante. Sus padres le han dicho que nunca sabrán de dónde procede su magia, al igual que nunca se sabrán cuantas estrellas hay en el firmamento. –Todo lo que es especial e interesante como tú Berlina, encierra un misterio. Por eso el universo es lo más misterioso que existe.-

Berlina ha soñado durante toda la noche con los planetas e incluso ha viajado a alguno en cohete espacial, pero al despertar por la mañana a descubierto que aún seguía en la Tierra, aunque no le ha importado mucho, puesto que en un rato estará dentro del planetario y podrá contemplar junto con sus compañeros, lo inmenso que es.

Durante toda la mañana Berlina ha creído estar soñando, lo que ha visto se parecía mucho a lo que soñó por la noche, pero está segura de que algún día, ese sueño se hará realidad, entre su magia y su constancia, algún día visitará la Luna.

Capítulo 17.

Berlina jamás había ido a un circo y al oír por los altavoces del colegio que el circo italiano iba a visitar la ciudad, se emocionó tanto que apenas pudo comer ese día.

Al llegar a casa sus papás le confirmaron que iría el fin de semana a ver el circo, Berlina y Pablo jugaron entusiasmados aquella tarde, esperando deseosos, que llegase el viernes.

Llegado el día y junto a su amigo Pablo, entraron por la gran puerta. En cuestión de segundos el presentador dio paso a los payasos, Berlina y Pablo no dejaron de reír un solo momento, los payasos no dejaron de hacer tonterías e incluso invitaron a Berlina a salir al centro del escenario. Berlina vergonzosa y llamativa con su preciosa melena azul, resaltaba como una estrella. Obedecía en todo a los payasos, e incluso tocó la trompeta, que aunque no sabía tocarla, recurrió a sus poderes para entonar una bella melodía, así que la intervención de Berlina en el circo, resultó ser un gran éxito.

Después dieron paso a los animales, un león dentro de una jaula gigante primero, y luego los elefantes. Todo era muy emocionante, hasta que llegó la actuación estelar,” el Oso Roso”. Los niños temían más al oso que a cualquier otro animal, era grande y rugía como un dinosaurio. Cuando nadie lo esperaba el Oso Roso quiso escaparse y al llegar a la puerta de salida, Berlina se vio obligada a utilizar su varita mágica, había que frenar al oso de cualquier forma, sino podría ser un desastre. Berlina apretaba con fuerza su varita de la que salía una luz azul por la que el oso se vio envuelto y paralizado, después gritaron todos y echaron a correr hacia la calle, pero Berlina con la ayuda de los trabadores del circo, logró devolver al oso en su sitio. El Oso Roso miró a Berlina con ternura y después realizó su actuación como si nada hubiera ocurrido. El oso tenía comportamientos humanos y todos estaban admirados viendo tal espectáculo, pero lo que ya nadie sabía era, si se comportaba así porque lo exigía la función, o porque Berlina había utilizado su magia.

Capítulo 18.

Berlina no pensaba que jugar en el parque un sábado por la mañana, podía ser tan peligroso, pero es que aquel día, nada resultó ser como siempre, todo era extraño.

Lo que menos podía imaginar, era que al lanzarse por el tobogán lo haría a cámara lenta. Cada vez tenía más claro que algo inesperado, iba a suceder.

Se marchó al balancín y allí estuvo un buen rato, parecía que la cosa estaba cambiando a normal, entonces, se metió dentro de un gran tubo de colores, cuando de repente, al salir de él, ya no se encontraba en el parque, había entrado en una cueva misteriosa, de la que colgaban estalactitas que goteaban y en medio de todo un gran lago de un agua espesa y de color malva. Todo lo que tenía ante sus ojos era inexplicable, pero Berlina sentía de todo menos miedo, así que su decisión inmediata fue la de investigar el lugar.

Anduvo unos pasos hasta toparse con un pasadizo sin salida, allí solamente había una gran puerta de hierro macizo que impedía el paso. La golpeó con el puño cerrado y sin que nadie apareciera por ningún sitio, la puerta se abrió sola y le dio paso a una sala de mármol llena de piedras preciosas. Al fondo una gran silla, parecía un trono. Cuando fue a sentarse en ella, apareció una dama y sin apenas darse cuenta se había sentado en sus rodillas. Berlina saltó asombrada por la sorprendente presencia y mirándola a los ojos le preguntó quién era.

La hermosa  mujer le dijo que era un espíritu guardián y que seguía todos sus pasos desde hacía mucho tiempo.

Berlina se preguntaba por qué había aparecido en ese preciso momento, pero ella le contó que aunque siempre había estado ahí, ahora hacía acto de presencia, para cambiar su varita mágica por otra, ya era hora de ampliar sus poderes. Así que cambiaron las varitas y Berlina cayó en un profundo sueño, para cuando despertó, estaba tumbada sobre el césped del parque y solamente el sol y las nueves le servían de techo.

Capítulo 19.

Berlina y Pablo no esperaban pasar un día de playa tan fantástico y es que cuando llegaron hasta el mar a través de un camino precioso por el acantilado, se cruzaron primero con un cervatillo y después con una ardilla, sin esperarlo, el día comenzaba mágico.

Una vez se instalaron en la arena, corrieron hasta la orilla donde comenzaron a construir castillos y murallas de arena que les serviría para darle realismo a los muñecos que llevaban. Al refrescar con agua la arena del primer castillo que hicieron, pudieron ver admirados como una luz brillante salía del interior, aunque habiendo sido construido con las manos de Berlina, nada de lo que ocurriera les podía extrañar. Continuaron haciendo castillos y pasadizos que convirtieron en un río ficticio por donde pasaba el agua cada vez que una ola se acercaba. Para cuando quisieron darse cuenta, una ciudad medieval lucía ante sus ojos.

Los diferentes muñecos que tenían entraban y salían de las torres de los castillos dándole vida y emoción al juego, ya había pasado un buen rato, el juego empezaba aburrirles y para colmo, las olas se habían hecho tan grandes que no podían irse a nadar, podía ser peligroso.

A Pablo se le ocurrió que Berlina utilizara un poco de su magia y que los muñecos y su nueva ciudad cobraran vida. Berlina sacó su nueva varita y tras agitarla en aire, los muñecos se convirtieron en pequeños personajes que vivían dentro de los castillos de arena, que ahora también eran de colores y parecían hechos de dulces y caramelos.

Ahora era más divertido, parecía que estuvieran viendo una película de dibujos animados que ellos manejaban a su antojo, pero como en toda película siempre hay un personaje malo, es entonces cuando sin esperarlo, apareció un pirata entre dos torres y flotando en un barco por el río que ellos mimos había construido. Comenzó a utilizar su cañón y a disparar por todas partes, haciendo añicos más de un castillo. Pablo y Berlina sorprendidos no sabían cómo detener aquel sabotaje, hasta que de repente y por suerte, una enorme ola se fue hasta ellos, deshaciendo todo el hechizo. Recogieron presurosos los muñecos esparcidos por la arena, porque ya era la hora de marcharse.

Capítulo 20.

Dicen que dentro de una cueva, la temperatura es más baja y que hay que ir abrigados. Berlina corrió hasta su armario para encontrar una buena chaqueta que le permitiera ir a la nueva excursión del cole muy calentita y es que no todos los días tenían la suerte de correr una aventura como la que les esperaba el día siguiente.

Durante la noche, Berlina pudo imaginarse como podría ser una cueva por dentro, hasta el punto que creyó ver una luz que escapaba de la oscuridad. Cuando dejó de soñar despierta, durmió.

A la mañana siguiente Pablo ya estaba en la puerta de su casa impaciente, el bus ya estaba a punto de salir y Berlina aún se despedía de sus padres. Al llegar todos los niños a la entrada de la cueva, ellos dos, decidieron quedarse detrás, los últimos, con la esperanza de que les ocurriera más cosas que a los demás.

Nada más entrar, llegaron a un acantilado cubierto de estalactitas, pero cuando miraban hacia abajo, se divisaban estalagmitas brillantes y puntiagudas. La profe se oía decir a lo lejos, que mientras más blancas eran, significaba que tenían más pureza y cada una de ellas podía tardar en formarse miles y millones de años. Ante el asombro de todo lo que oían además de su propio eco por la profundidad de la cueva, se fueron quedando rezagados sin darse cuenta y en un instante se encontraban perdidos frente a un pasillo oscuro del que empezó a salir una luz idéntica al sueño de Berlina la noche anterior.

A causa del miedo que los tenía paralizado, no quedó más remedio que pensar que ante ellos había nada más y nada menos que un dragón dispuesto a devorarlos. Berlina decidida sacó su varita y la convirtió en linterna para que les alumbrara el camino hasta el malvado dragón. Entonces caminaron unos metros hasta ver como la luz se cambiaba de blanca a roja y espantados corrieron marcha atrás pensando que les lanzaba fuego. Se vieron prácticamente acorralados Berlina y Pablo contra un muro de piedra sin salida, mientras que la luz roja abrasadora les alcanzaba y pudieron ver que era su profe con un señalador luminoso, señalando a todos sus compañeros la salida.

Por lo que al final, además de aprender mucho aquella mañana, también se divirtieron y corrieron una de sus más emocionantes aventuras. Por lo menos esta vez Berlina no tuvo que utilizar su magia.

Capítulo 21.

Berlina nunca pensó que haría un crucero y menos aún que la acompañaría su fiel amigo Pablo. Cuando esto ocurrió eran las vacaciones de verano, las islas griegas estaban a dos noches de navegación y tanto Berlina como Pablo estaban emocionados por nadar en sus aguas frescas y cristalinas.

La primera parada fue en Satorini, allí las casas blancas brillaban con el sol y el azul de sus tejados redondos parecía un trocito de cielo caído en la tierra. Las noches tenían infinitas estrellas en las que se perdían mientras se tumbaban en la arena para contemplarlas.

Una noche, antes de subir al barco para ir adormir, los dos sintieron como el cielo vibraba sobre sus cabezas, las estrellas corrían de un lado para otro y aparecieron en cuestión de segundos desordenadas. Lo mejor de todo fue ver caer una estrella a toda velocidad sobre ellos, con tanta luz el destello no les dejó ver dónde caía.

Mientras caminaban por la arena levantándola con los pies, esperaban toparse con ella y poder tocarla y contemplarla, eso les provocaba una ilusión enorme y gratificante. Por más que buscaron bajo sus pies e incluso en la orilla no encontraron nada. Oyeron a lo lejos la última llamada para subir al barco y se encontraron con los ojos de la madre de Berlina que los buscaba. Comenzaron a caminar, cuando el silbido de una ola captó la atención de ambos, es como si ese remolino de agua espumosa les estuviera llamando, al acercarse una luz cegaba sus ojos y casi como por arte de magia, la estrella salió de mar y flotó en aire como si fuera un globo.

Ante la atónita mirada de Berlina y Pablo, vieron como la estrella seguía sus pasos sobre la orilla, incluso estaba juguetona y se enredaba entre sus piernas. Entre risas y exclamaciones de asombro decidieron despedirse de ella, no les quedaba más remedio sino quería perder su viaje de regreso.

Ambos nostálgicos durante la vuelta y melancólicos sobre la cubierta del barco, pudieron comprobar cómo la estrella voló hasta el cielo y dibujando una sonrisa, los siguió hasta el amanecer. Y es que sin duda, los poderes de Berlina pueden convertir cualquier cosa en magia.

Capítulo 22.

Se acerca la navidad y Berlina solamente puede pensar en la nieve y en los adornos navideños, es muy divertido disfrutar de estas fiestas donde siempre hay regalos y se comen muchos dulces. Los turrones son sus preferidos, porque los mantecados, como se le hacen una bola en la boca, no le gusta mucho comerlos.

Al pasear por las calles se le escapa la mirada hacia los escaparates ¡Y es que se ven tan bonitos con tantas luces de colores! Berlina no puede evitar clavar sus ojos en uno concretamente. Es de una tienda que vende perfumes y cosméticos, pero en el centro hay un Papá Noel inmenso que parece observarla. Berlina piensa en silencio que eso es imposible, que solamente se trata de un muñeco ¡El Papá Noel de verdad tiene mucho trabajo!- pensó. Pero mientras que su mamá miraba unos regalos, ella no apartaba los ojos de él, era como si quisiera pillarlo infraganti, estaba dispuesta a demostrarse que solo se trataba de un adorno más.

Al cabo de unos minutos pudo comprobar cómo los ojos se balanceaban al compás de sus movimientos y que seguían todos sus pasos, después percibió como se movían sus dedos y más tarde incluso llegó a estar segura de que había dado unos pequeños pasos.

Alertada ante semejante hallazgo, avisó a su mamá y le comunicó estar totalmente segura de que aquel Papá Noel del escaparate era de verdad. Su mamá sonriente la invitó a ir hasta allí para comprobarlo, ¡es imposible lo que me cuentas!- replicó su mamá convencida.

Entraron a la tienda y educadamente pidieron acercarse al escaparate, Berlina quería verlo desde bien cerquita. Cuando le dieron permiso las dependientas muy divertidas por la historia, Berlina caminó entre los tarros de colonia y los esmaltes de uñas hasta llegar al gran muñeco. Se puso de puntillas y le dijo al oído en modo de secreto: -“Si eres tú de verdad, hazme una señal”. Aguardó durante unos minutos la ansiada señal, pero sin embargo esa señal no apareció por ninguna parte.

Triste y decepcionada por hacerse una ilusión equivocada, se marchó Berlina de la mano de su madre, tras sus pasos la seguía casi con lágrimas en los ojos, pero por cosas del azar, volvió la vista atrás y en ese preciso instante Papá Noel guiñó.

Capítulo 23.

Los Reyes Magos visitan mañana el colegio de Berlina, toda la ciudad está expectante ante la llegada, no todos los días reciben visitas tan importantes. Berlina ha decidido hacer algo especial para darles la bienvenida y junto a su amigo Pablo han preparado un Villancico que les hará sentir como en casa.

Unos niños irán disfrazados de pastores y otros tocarán la pandereta y el zurrón mientras que Berlina y Pablo comienzan a cantar.

Todo estaba preparado y nada podía salir mal, lo habían ensayado mil veces. Sin embargo, cuando llegó el mágico momento y los niños se vieron delante de la imponente presencia de los Reyes, se quedaron paralizados, eran incapaces de hacer nada de lo acordado. No podían dejar de mirarlos y observarlos como si fueran bichos raros.

Los Reyes Magos que estaban dándose perfecta cuenta de lo que ocurría en aquel salón de actos del colegio, quisieron echarles una mano a estos preciosos niños que se habían quedado paralizados de la emoción. Y cuando nadie lo esperaba, los tres Reyes comenzaron a cantar e incluso bailaron, esta vez las caras de los niños, incluyendo la de Berlina y Pablo, sonrieron y siguieron sus pasos hasta terminar en una fiesta donde no faltaron las chuches ni los dulces.

Los polvorones volaban y saltaban de la mesa, parecía nevar allí dentro, las risas y carcajadas se oían hasta el último rincón. Entonces Berlina subió al escenario, se armó de valor y cogiendo el micrófono dio las gracias a todos los presentes por convertir un pequeño error, en un día mágico. Cuando acabó de dar las gracias, se dirigió a los Reyes y les explicó que nada de la alegría que había en aquél lugar, habría sido posible sin la existencia de ellos. Y sobre todo insistió en que todos los niños y mayores del mundo, deseaban la felicidad por encima de todas las cosas y que era una gran oportunidad para pedirles que esta felicidad tan deseada, llegase a todos los lugares de la tierra, porque hay muchos sitios que lo necesitan muchísimo. De esta hermosa forma, se despidieron hasta el año que viene.

Capítulo 24.

Berlina hasta ahora jamás había protestado por la comida, todo se lo comía sin rechistar como le gusta a su mamá. Pero precisamente eses día, en el plato de Berlina, apareció una verdura muy singular, nunca la había visto y menos aún, probado. Estuvo contemplado el plato durante un buen rato hasta que se decidió preguntar a su madre qué era aquella verdura verde y blandita.

Su mamá entre risa le explicó que se trataba del brócoli, una verdura muy sana y llena de vitaminas. Berlina estaba segura de que aquello jamás le podría gustar, entonces bajo la atenta mirada de su madre, fue separando la verdura de su exquisito pollo, pero su mamá le paró en seco y le prohibió terminantemente deshacerse de ella. A Berlina solo le faltaba llorar, el simple hecho de probarlo la ponía muy nerviosa, estaba segura de que le repugnaría, solamente su aspecto ya le provocaba nauseas.

Cuando el pollo se iba acabando, se dio cuenta que estaba en un túnel sin salida, y que, o se comía el brócoli o estaría castigada un tiempo. Ante la presión y el miedo, tuvo una idea que le ayudaría a salir triunfante de su gran problema, imaginaría que los brócolis eran árboles y que todo aquel colorido plato lleno de verduras, era un bosque mágico, es más, con sus poderes podía convertirlo en un bosque de hadas que se comería mientras charlaba con sus amigas  e incluso algún duendo que apareció por allí.

En cuestión de segundos, la mesa era un paisaje maravilloso, donde los diminutos animales corrían a esconderse cada vez que desaparecía uno de sus enanitos árboles, cuando por fin Berlina probó su brócoli, descubrió que tenía un sabor maravillo y que estaba tan delicioso que ahora quería comerlo cada día, es más, con tanto duende y tanta hada, el almuerzo estuvo súper divertido. Entonces comer lo convirtió en una aventura donde la verdura era la protagonista.

Capítulo 25.

La primera vez que Berlina visitó al dentista, tenía tanto miedo que sus dientes rechinaban como unas castañuelas. Por más que sus padres le habían dicho que no pasaba nada por ir a la consulta y enseñarle los dientes al doctor, Berlina se había empecinado en que le iba a doler.

Todos sus amigos ya habían ido anteriormente, así que creyó conveniente preguntarles a ellos, como de dolorosa fue la visita al dentista. Pablo se río mucho, sobre todo porque le hacía bastante gracia ver así de asustada a su amiga Berlina. Todos sus compañeros de clase le contestaron lo mismo. Si no tienes caries, de nada debes preocuparte.

Pero ¿qué era una caries? ¿Y si Berlina tenía caries? ¿Corría peligro alguno? Pablo le contaba como las caries se formaban en los dientes en forma de herida muy pequeña cuando se comían muchas chuches y muchos dulces. El azúcar es veneno para los dientes, los pone negros con el tiempo y entonces es cuando el dentista utiliza sus herramientas.

¿Herramientas? A Berlina le temblaron hasta las uñas y corrió a su casa para mirar en el espejo el color de sus dientes. ¿Mamá están blancos verdad? Esa era toda su preocupación y aunque su madre le confirmó lo saludable que estaba toda su boca, Berlina no parecía conformarse. Compró un cepillo de dientes y se los lavó hasta desgastarlo. Después un enjuague bucal y quedó como nueva, ahora solamente faltaba su toque mágico. Cogió la varita y moviéndola sobre su cabeza, dijo las palabras mágicas: “Más frutas y menos caramelos, así desaparecerá mi miedo”.

Cuando se tumbó en la silla del dentista, el doctor la felicitó sorprendido por sus dientes tan blancos y perfectos. Berlina se puso tan feliz que corrió hasta la sala de espera para decírselo a sus padres. Allí estaba la recepcionista esperándola con una gran piruleta de corazón, aunque Berlina entre risas dijo: “NO”.

Capítulo 26.

Berlina nunca había estado en el cine, a pesar de sus deseos y ganas, vivía en un pueblo dónde no tenían y para ello debían ir hasta la ciudad más cercana, por lo que nunca se dio la casualidad de asistir a una de esas salas mágicas y oscuras dónde se oyen las voces y se ven las imágines de desconocidos a través de una tela blanca gigante.

Nada más entrar se topó con la larga fila de asientos escalonados dónde todos los niños se peleaban por coger un buen sitio. Berlina paciente, esperó a que todos lo hicieran y después, junto a sus padres tomaron asiento. Durante un rato sonó música y la luz se mantuvo encendida, solo apreciaba la gran pantalla blanca. De repente, se interrumpió la música y la luz se apagó, entonces las imágenes se sucedieron, anuncios primeros y la película después.

Berlina estuvo muy atenta el tiempo que duró la proyección, pero cuando acabó la aventura y volvían a casa, ella no podía dejar de pensar en todo lo que había viso. Le parecía fascinante, no paró de hacer preguntas y pidió con todas sus fuerzas convertirse en uno de los personajes que había contemplado.

Pero su madre que es muy sabia, le explicó que no hay nada más hermoso que vivir la aventura de nuestra propia vida y en el caso de Berlina más aún, ella tenía poderes y una magia de la que el resto de niños carecían. Con la magia podía conseguir las mismas cosas que en el cine parecen imposibles.

Entonces Berlina emocionada corrió al bosque que hay junto a casa, se llevó a Pablo y algún que otro amigo más.  Jugaron a disponerlo todo como un escenario donde cada uno interpretaba su propio papel, después de divertirse durante un buen tiempo, descubrieron que la vida es puro teatro y que hay que vivir cada momento con toda la emoción del mundo, como si estuviéramos en una película del cine.

Capítulo 27.

Berlina le debía su nombre tan poco común a la gran pasión de sus padres por viajar y por la gran casualidad de conocerse en Berlín. Entre los muchos viajes que realizaban durante el año, Berlina tuvo la suerte de conocer Lisboa.

Pero para asombro de sus padres, el viaje lo hizo con la cara muy larga y más enfadada que feliz, por el simple hecho de que su amigo Pablo en esta ocasión no les pudo acompañar. Los papás que la conocían perfectamente, sabían lo que tenían que hacer al llegar a la ciudad para animarla. En cuanto pusieron un pie en Lisboa, llevaron a Berlina hasta el gran oceonario, allí se animaría.

Nada más llegar les recibieron una fila de pingüinos que cambió la cara de Berlina, la sonrisa empezó a asomar y el viaje comenzó a ser divertido. Para Berlina, los pingüinos parecían niños pequeños vestidos con chaqueta y corbata, eso era  de lo más interesante y distraído. Al pasar junto a ellos, le pareció ver como uno le guiñó un ojo, pensaba, en su inocencia, que eso no podía ser, pero al comprobar que varios la guiñaban, no le quedó más remedia que aceptar que era a ella a la estaban saludando y dando la bienvenida a Lisboa, a su hogar.

Durante el recorrido Berlina observó entusiasmada el resto de peces fantásticos que salían a su paso. Los delfines hacían una especie de gruñidos extraños que sacaba la sonrisa de todos, pero para sorpresa de Berlina, ella podía entender perfectamente lo que decían y es que una vez más se le olvidaba que era diferente a todo el mundo y que sus poderes la hacían especial.

Cuando se disponían a marcharse, los papás de Berlina vieron que volvía a estar triste, dudando si era porque se marchaban, le preguntaron:

- ¿Qué te ocurre Berlina? ¿Por qué vuelves a estar triste?

Berlina con la voz medio apagada les contestó:

- Porque los peces viven encerrados aquí.

Capítulo 28.

Berlina cogió el casco que su padre le ofrecía, nunca pensó que la hora de pasear en la moto llegaría tan pronto, lo había deseado tanto, que ahora le parecía un sueño. A las afueras del pueblo había un pequeño camino dentro del bosque dónde los niños solían jugar y hacer recorridos con sus bicicletas. Así es como Berlina había paseado por allí en otras ocasiones, pero esta vez era especial, ahora lo recorrería en moto y junto a su padre.

Al comenzar y notar el viento sobre su rostro, sintió felicidad, decía que era lo más parecido a volar, además sus pies estaban en el aire. Entre emoción y emoción le iba pidiendo a su padre que corriera más, quería sentir el viento más fuerte aún, su padre sonreía al verla tan feliz y hacía eses en el suelo para divertir más a Berlina.

Al principio cerró los ojos, la sensación era más emocionante, pero después cuando los tuvo abiertos, observó como un grupo de lucecitas que flotaban la seguían en el paseo. Primero pensó que como estaba atardeciendo, eran luciérnagas que se habían unido a su aventura. Pero mirándolas detenidamente descubrió que eran minúsculas hadas del bosque que divertidas le seguían.

Avisó a su padre para que pudiera contemplarlas y ver el hermoso dibujo que formaban en el aire. Todo a su alrededor brillaba y era mágico. Pero su papá no vio nada, por más que buscó a las hadas no las encontró por ninguna parte. Berlina comprendió una vez más que esas cosas tan fantásticas solamente podía verlas ella y a pesar de la belleza que suponía tenerlas a su lado, le dio tristeza pensar que nadie más podía verlas. Aunque eso no impidió que la tarde fuera tan mágica como todos los momentos que comparte con su familia.

Capítulo 29.

Berlina y Pablo se han apuntado a la carrera solidaria de su ciudad, salen cada tarde a entrenar y correr por todo el bosque. Cada vez que pasan por su árbol biblioteca están deseando terminar para pararse un ratito a leer.

Esta tarde han cogido el libro de la liebre y la tortuga, su mamá le ha aconsejado esa lectura antes de la carrera, cree que pueden divertirse mucho y así ha sido. Berlina ha regresado a casa entusiasmada de saber que la tortuga con su constancia ha sido capaz de ganar la carrera. Yo también soy perseverante y me gusta acabar lo que empiezo, ha pensado en voz alta y pidiendo la opinión de sus padres.

¡Por supuesto Berlina! Todo lo que te propongas en la vida, puedes conseguirlo si trabajas y te esfuerzas para ello. Esa es la forma de conseguir los sueños.

El día de la carrera, Berlina y Pablo iban en cabeza, estaban muy contentos de ver que si seguían a ese ritmo podían ganar. Ya quedaba muy poco para el final cuando otros chicos, de forma inesperada empezaron a adelantar y tomar las primeras posiciones. Pablo indignado de pensar que perderían, pidió a Berlina que usara su magia -¡no habían entrenado tanto para acabar en los últimos puestos!

Berlina por un instante pensó en la propuesta de Pablo, pero rápidamente recordó la conversación que tuvo con sus padres sobre la constancia y perseguir los sueños. Entonces llegó a la conclusión de que tenían que disfrutar de la carrera, dando igual la posición en que llegasen y seguir entrenado todos los días para poder ganar la próxima.

Pablo comprendió con solo mirar a su amiga, que lo de ganar, sería para otro día.

Capítulo 30.

Berlina sabía que una excursión en barco le iba a gustar muchísimo, por eso sus padres lo planearon y por eso ella, invitó a Pablo. Como siempre, juntos a todas partes compartiendo aventuras y risa. Nada más llegar al puerto, les recibieron un grupo de gaviotas que sobrevolaban sus cabezas, mientras los demás estaban nerviosos, Berlina hablaba con ellas en su propio idioma. Su papá la miraba sorprendido, a pesar de conocer sus poderes, no imaginaba que pudiera entender a los animales. Entre risas pregunto - ¿Qué han dicho Berlina? - ¿Algo interesante? Berlina les contó que lo único de lo que habían hablado era de lo mucho que le gustaban los peces. Igual que a mí pensó.

Entraron a la cubierta del barco y les recibió el capitán estrechando la mano. Todos emocionados corrieron para coger el mejor sitio, había que estar cerca del mar. Al zarpar Berlina, no dejaba de pasar su mano por el agua que estaba muy fría, y la espuma se le enredaba entre los dedos. Cuando menos lo esperaba un delfín saltó junto a ellos, dejando destellos de luz al paso de su piel gris brillante. Berlina no pudo evitar mirarlo fijamente y sentir que lo conocía. Sus miradas tenían complicidad y parecían guardar un secreto.

Su padre al contemplar cómo se miraban volvió a preguntar a Berlina por el delfín. Ella, sorprendió a todos contando, que una vez en la playa nadó más profundo de lo normal hasta descansar en una roca. Allí sentada, se acercó un delfín que parecía saber lo cansada que estaba y que no tenía fuerzas para volver a la orilla. Le ofreció el lomo y la acercó a tierra firme. Ahora Berlina, aseguraba que era el mismo delfín que había venido a saludarla.

Después de lo ocurrido, la excursión resultó ser apasionante, donde una vez más, la magia hizo una aparición estelar en el mar.

Capítulo 31.

No todos los días uno se va de acampada. Pero este verano Berlina es lo que hará en sus vacaciones. Ir al campo y dormir junto al río en tienda de campaña. Le hace tanta ilusión que quiere ayudar a montarla. Su papá y mamá siempre lo hacen pero ella ya empieza a ser mayorcita y quiere intervenir en  todas las actividades.

El primer día de campamento tienen planeado salir a dar un paseo en barca. De regreso harán una barbacoa para reponer fuerzas y después descansar.

Berlina con los ruidos del bosque le cuesta coger el sueño. Se ha salido de la tienda campaña y se ha tumbado sobre la mesa de madera que hay fuera. Desde ahí puede divisar perfectamente las estrellas. De repente, ha pasado una estrella fugaz. Ha sido tan rápido que no le ha dado tiempo a pedir un deseo.  Para la próxima estrella estará preparada. Después de unos minutos y casi cuando ya empezaba a tener sueño, ha aparecido en el cielo una lluvia de estrellas fugaces. Es una pena que todos duerman y solo ella haya podido verlo. Ha pedido deseos para todos, esta vez sí le ha dado tiempo.

Por la mañana el sol brillaba y Berlina junto a sus padres habían recuperado las fuerzas y las ganas de aventura. Así, que subieron por la montaña en busca de un oso. El sueño de su padre siempre había sido ver uno. Caminados varios kilómetros se oyeron rugidos, pararon y se ocultaron tras un tronco muy grande. Desde ahí pudieron verlo caminar con su hijo osito. Pasaron tan cerca que tuvieron miedo, pero después de todo ese día alguien había cumplido uno de sus mayores de deseos. Berlina, risueña, le dijo a su padre que eso sucedió gracias a las estrellas fugaces de la noche anterior.

Entonces compendió que no siempre hay que recurrir a la magia, las estrellas también tienen poderes.

Capítulo 32.

Berlina sabía que el día sería emocionante, no siempre podía alguien montarse en un globo. Al llegar a la zona de salida, en el cielo se dibujaba esferas de colores y formas que sustituían a las nubes. A ella y a Pablo les tocó un globo azul lleno de estrellas. Se encendió un fuego, se adentró en la parte superior del globo y lentamente se elevaron. En cuestión de unos minutos, eran una estrella más del cielo.

Desde arriba, el mundo se veía pequeño y Berlina creía percibir la curva de la tierra dibujada en el horizonte. Se divertían tanto que gritaban ¡Más alto! ¡Más alto!. Los pájaros pasaban junto a ellos e incluso levantaban las manos intentando tocar las nubes. El aire bañaba sus caras y se sentían libres en las alturas. Las casas y los árboles parecían de juguete, hecho para los enanitos. Además de libres, se sintieron grandes.

Las nubes tenían formas de cosas conocidas y pronto empezaron a jugar con ellas, a adivinar a qué se parecían. Entre risas y juegos apareció una tan grande que no tenía forma de nada, solo de círculo gigante. Todos los que iban en el globo incluidos Berlina y Pablo, no sabían que decir, hasta que a Berlina se le ocurrió utilizar su varita sin que nadie se diera cuenta y hacer figuras con aquella nube desproporcionada. De repente se convertía en una casa, después en un catillo e incluso llegó a ser una pirámide egipcia. Pero lo que no comprendía nadie, era como aquella nube podía cambiar tanto. Impresionados, se preguntaban por el fenómeno tan extraño que estaba ocurriendo en el cielo y cerca de ellos. Por  lo que comenzaron a tener miedo y a ponerse nerviosos, jamás ninguno había visto algo así.

Berlina al ver que su magia dejaba de ser divertida, cesó y junto a Pablo disfrutó del agradable descenso a tierra. Una tierra que a partir de aquel día, todos verían diferente.

Capítulo 33.

Berlina junto con Pablo montaban a caballo por primera vez. Se apuntaron a un taller especial donde los niños aprendían a montar y a la vez vivían una experiencia divertida. Al llegar resultó imposible escoger uno, para Berlina todos eras preciosos, y especiales. Pablo se montó en un corcel castaño que brillaba desde lejos, sus cabellos recién peinados y unos dientes más blancos que los suyos.

Berlina encontró un caballo blanco que le recordó a un unicornio y rápidamente se fue hasta él. Comenzaron a galopar lentamente, sentía el viento sobre su cara y pensó que era la sensación más hermosa que había sentido en mucho tiempo. Desde fuera de la valla sus padres la observaban feliz y concentrada en su actividad hasta que vieron como el caballo de Berlina cogía velocidad gradualmente.

Berlina que notó como se desplazaba más rápidamente por el camino de tierra, comenzó a asustarse y a coger las riendas para controlar a su hermoso caballo. Pero fue imposible, nada frenaba al joven corcel, todo lo contrario, cada vez corría más y más. Berlina vio a sus padres asustados correr hacia ella y el monitor los siguió, se montó en su propio caballo e intentó darle alcance. Pablo paró junto a un árbol y no pudo ver nada de lo que estaba ocurriendo, al ver varios caballos correr hacia donde estaba Berlina, descubrió que su amiga corría peligro. Sin saber cómo hacerlo, Pablo, galopó y galopó hasta darle alcance y ponerse a la altura de Berlina ante la mirada impresionada de todos.

- ¡Berlina utiliza tu magina! ¡Para al caballo antes que sea demasiado tarde!- Berlina, estaba tan nerviosa que no era capaz de encontrar las palabras mágicas y cantó, de repente se oyó la voz de Berlina entonando una canción que parecía calmar al corcel y todo el mundo se detuvo a la vez que ella, hipnotizados por la melodía.

Capítulo 34.

Berlina oía los villancicos sonar desde lejos, la navidad siempre la cautiva y la siente llena de magia. Aunque la magia vive en ella, por estas fechas la es más fuerte, más cercana. Las calles llenas de muñecos gigantes y escaparates adornados llaman su atención.

Fuera de casa entre todos los vecinos han puesto un árbol gigante de navidad, mide más de 5 metros y lo han adornado de flores, bolas brillantes y muchas guirnaldas de todos los colores. Alguien ha preguntado hoy, por qué no habían puesto una estrella en todo lo alto, pero es que nadie ha sido capaz de subir tan alto, tienen miedo.

Berlina al oír que nadie se atrevía a ponerse en peligro poniendo la estrella, se ha quedado pensativa y antes de ir a la cama se ha dado cuenta que solo ella con su magia sería capaz de hacerlo y sorprender a todos por la mañana, con la estrella puesta. Cuando todos dormían, cogió su varita y la agitó señalando la gran estrella que habían dejado en el  suelo, la elevó y la colocó en la cumbre del árbol, dónde todos pudieran admirarla.

Al salir de sus casas, los vecinos, pasaban por delante del árbol, pero nadie se percató de que la estrella se había colocado en su sitio. Berlina se sintió triste al comprobar que nadie notó la hazaña que había realizado la noche anterior. Decidió entonces, esperar a la oscuridad de la noche y encenderla con las luces más brillantes que jamás hubiese visto nadie. Al caer la noche, la estrella se encendió y parecía haber bajado del cielo para colocarse allí. Eso hizo que miraran hacia arriba y la descubrieran con gran sorpresa y admiración.

Aunque todos se preguntaban cómo podía suceder algo así, Berlina dejó que todos creyeran que había sido un milagro de navidad.


Belén Sánchez Vigo | www.lacuentacuentos.com